Libertad (II) para 3°Polimodal 2010
LIBERTAD (II)
¿La libertad desenganchada del bien? Suicidio de Occidente por Francesco Botturi
--------------------------------------------------------------------------
Si la libertad se separa del bien, si no cuenta lo que se elige, sino sólo elegir, la libertad lleva en sí un destino de muerte y conduce a una civilización a apagarse.
La libertad separada del bien
¿Qué hace a la costumbre laica occidental tan pegada a determinadas formas de comportamiento, a determinados estilos de vida, convertidos ya en tabúes que son imposibles de discutir, y que sólo se pueden "respetar" como formas obvias de nuestro vivir pluralista y tolerante? ¿Hay algo que acomuna a las cuestiones de la identidad sexual, de las relaciones entre los sexos, del aborto, de la eutanasia? O, es más, ¿hay una idea dominante en la visión moral occidental contemporánea?
La respuesta no parece difícil: el la idea de que todos los ámbitos de la experiencia humana no son otra cosa que ejercicios de libre elección y por lo tanto están a plena "disposición". El denominador común es en definitiva la persuasión de que la sexualidad, los afectos, la paternidad/maternidad, la vida, la muerte, son campos de ejercicio de la libertad, en los que el sujeto moderno (o lo que queda de él) juega toda su consistencia y dignidad. La defensa de la libertad, es, de hecho, el argumento público por excelencia para sostener la temporalidad de los vínculos afectivos, de la equivalencia antropológica y moral de la identidad sexual (hetero/homo/bi/trans), de la fecundación tecnológica, del aborto procurado, de la legalidad de la eutanasia. Y por lo tanto son elecciones a defender a ultranza -cueste lo que cueste-, que está en juego la libertad de los individuos y de las conquistas de la modernidad. Argumento que se impone también a quien no condivide tales elecciones y estilos de vida pero, en cuanto a elecciones posibles, está dispuesto a reconocer el valor equivalente: yo no soy así, no actúo así, pero cada elección vale lo mismo que cualquier otra.
Lo importante es elegir, no lo que se elige
Esto significa que prevalece la forma de la libertad sobre el contenido de la elección: no cuenta si lo que se ha elegido es un bien o un mal, sino sólo si se ha elegido, es la forma del ser elegido lo que atribuye valor al contenido. Es indiferencia del contenido y triunfo de la forma: la libertad como poder de elección se convierte en el único origen del valor. A la espalda está la cancelación de la idea de la libertad como adhesión al bien, siendo lo mismo escoger el único bien. Por esto los debates sobre temas éticos de nuestro tiempo son, a menudo, diálogo entre sordos: por mucho esfuerzo que se haga para volver a llamar a la realidad de los hechos, a las razones de las cosas, al fin de la persona, al bien común, si el valor es la libertad de elección, no habrá ningún argumento capaz de persuadir de nada, por que existe un argumento único y monótono, vencedor y siempre a punto: el primado de la liberta de elección.
Libertad desenganchada de la verdad
Viéndolo bien, éste es el único criterio que está a la cabeza del respeto, del diálogo, la tolerancia, en definitiva, de los valores públicos del Occidente desarrollado, cuyo contenido es el espacio neutro de las opciones; se dialoga por dialogar: ¡no querremos hacer un cuestión de verdad! ¿Dónde se encuentra ahora un debate en el que se hable de la bondad o maldad de una cierta elección y deba sentir una cierta preocupación por la buena o mala suerte de quien la cumple? Se hace inhallable el interés por la exactitud de las cosas y por el destino de las personas; basta con que sean libres: la indiferencia ostentada por el contenido se convierte en indiferencia sustancial para las personas. Es más cada apreciación de valor de los contendientes puede ser considerado como una falta de respeto, casi una ofensa.
No se diga que se quiere poner en cuestión el valor de la libre elección, del respeto, del diálogo, de la tolerancia. No queremos precipitarnos en el no sentido de la imposición o del autoritarismo. Las tesis son otras: es que la idea de las libertades se está reduciendo cada día más a un significado único y aislado, abstracto y vacío; que este parece ser el último fundamento de valor de la costumbre occidental; de la que va orgulloso y se pega como una ostra al escollo, para no hundirse del todo en la nada, sin darse cuenta de que es el mismo escollo el que se está yendo al fondo, llevándose al abismo a su encariñado molusco.
Si la libertad es sólo libre elección, conduce a una civilización a su despeñamiento
El desenganche de la libertad del bien, de un bien que no sea ella misma -sino algo que está más allá de la libertad y con la que ésta ha de medirse- no pone sólo la libertad en una condición de estéril abstracción, no sólo la convierte en repetitiva y enamorada de sí misma, sino que la condena a muerte por que una libertad así reducida lleva en sí misma un destino de muerte.
Este fatal destino no es evidente; es más, la borrachera libertaria de la impresión de fuerza emancipada, de vigor emprendedora: ¿no puede hacer finalmente lo que quiere, no es definitivamente libre arbitrio? En cambio, lo que está en juego supera por mucho la impresión psicológica de "sentirse" más libres y comienza un proceso que conduce a consecuencias inexorables. Se trata de lógica: una libertad que se afirma ante todo a sí misma, lleva en sí un principio suicida y un hábito social conforme conduce a una civilización a su despeñamiento.
Se habla de la cultura de la muerte que invade nuestro tiempo: estamos diciendo que su principio es la contradicción mortal en la que se encuentra cierta práctica de la libertad. ¿A qué se reduce un abstracta libertad de elección? Es simple: a la capacidad de elegir, al poder de la elección. Al poder del sí o no, de esto mejor que esto otro. Poder identificante y exaltante: cuando un niño dice su primer "no", algo nuevo sucede en el universo, una identidad nueva ha empezado a afirmarse. Pero si al crecer el mismo niño sólo dijese sí o no, sin preocuparse del valor de las cosas en juego, sin pasión y drama por su mismo bien, con la única satisfacción de ejercitar su poder del que ya ha tomado gusto, siempre más enrocado en la idea de que esto sea el único bien a defender de todo y frente a todo, ¿no pasaría a ser en poco tiempo en un ser odioso, y más tarde, al crecer en su poder de su disposición (técnica, política, cultural), convertirse en alguien peligroso y terrible?
Terrible en última instancia contra sí mismo, por que acabaría no pudiendo sustraerse, antes o después, de la condición de tener que dar pruebas de su propio señorío absoluto. El mismo crecimiento de su poder, del tecnológico, por ejemplo, lo constreñiría a una manera de pensar sutil, extraña, pero perfectamente coherente con su lógica de vida, clavándolo en un destino objetivo e inexorable: sólo un gesto extremo tiene el poder de demostrar que el dominio total de la libertad de elección no es un absurdo, sino el verdadero, único y absoluto bien. Pero tal gesto pertenece a un ser finito, que tiene el defecto de no haberse dado la vida: en estas condiciones demostrar el propio poder total sobre la vida que no se puede dar, sólo puede producirse de una manera, quitándosela.
Dos ejemplos: Los demonios y la película Mar adentro
El pensamiento no es nuevo. Lo ha formulado ya Dostoevskij con un personaje de Los demonios que da cuerpo a esta extraordinaria intuición en el nexo que puede ligar la libertad a la muerte.
Se trata del episodio en ingeniero Kirillov, que queriendo demostrar la inexistencia de Dios como condición de su propia radical independencia, piensa que sólo el suicidio es la manera adecuada para demostrarlo: sólo en ese momento, a través del ejercicio del pleno poder sobre la propia existencia, habrá realizado la perfecta equivalencia entre la propia libertad y la propia existencia. El ateísmo liberador de Kirillov no es un exasperado y excéntrico icono de la literatura rusa. El protagonista de la interesante película Mar adentro de Alejandro Amenábar, que trata el caso de la eutanasia, sin saberlo repite con precisión el razonamiento del ingeniero, héroe suicida. El protagonista es un personaje post-moderno que no tiene el problema de demostrar lo que es evidente, es decir, que Dios no existe, sino que tiene el problema de demostrar el derecho de la propia libertad. Es un héroe burgués que no quiere instaurar un nuevo orden en el mundo; le basta reivindicar el derecho de regular las cuentas con su condición de parapléjico. Pero en esto quiere ser totalmente el libre centro de su mundo. El suicidio asistido pedido no es un acto de protesta: la familia lo ha acogido y cuidado en sus 28 años de enfermedad; en torno a él se anima la vida; dos mujeres, una culta y refinada, la otra popular y apasionada, se enamoran de él; se publica un libro con sus bellas poesías y se vuelve famoso. Su caso en definitivo no es piadoso; es más bien la lúcida persecución de la idea que del ingeniero Kirillov: que la propia libertad es tan extensa como la propia vida; pero como no todo está a su disposición, sólo hay una elección, el suicidio. Kirillov ya había entendido una cosa más: que la lógica de esta libertad no vale sólo para los paralíticos; no están sólo los casos extremos en juego, sino que hay un juego de la libertad que en cada caso la conduce al extremo.
Es hora de despertar: bajo la manta de lo políticamente correcto late a menudo una libertad apegada a sí misma de manera desesperada, que todo lo dispone y que está dispuesta a todo, incluso a pagar su precio con la propia vida. Una libertad que lleva en sí misma un secreto destino de muerte.



